
Una baldosa floja me espera exactamente a cien metros del comienzo de esta reflexión. Daría lo mismo si no fuese un día de lluvia, pero el paraguas en mi mano es un indicio claro de que el asunto es, cuanto menos, delicado. Mientras camino, mi paraguas azul - seguramente muy contento de haber salido finalmente de su encierro en el garage - se encuentra con otros paraguas, se miran al pasar y comentan brevemente el estado del tiempo, hablan de fútbol o de política, siempre arrastrando del mango caras malhumoradas y miradas esquivas.
La baldosa se acerca, pero yo naturalmente aún no lo sé. Pienso entonces en el fastidio generalizado que provoca la lluvia, cómo todos prefieren siempre los días de sol. Contrariamente a la mayoría, a mí me agrada la lluvia, lo cual es como pertenecer a una minoría bastante feliz, porque nunca se persiguió a nadie - al menos que yo sepa - por dedicarle una sonrisa al cielo nublado que ensucia la ventana un miércoles por la mañana, cuando uno se acaba de despertar.
Es cierto que es incómodo salir con lluvia. Por eso todos dicen siempre algo así como “llueve, qué lindo día para hacer cucharita y mirar televisión”. Pero lo que incomoda no es la lluvia, sino la ciudad: las calles que se inundan, las paradas de colectivo sin techito, los techitos insuficientemente extensos que dejan expuestos a muchos de los que esperan ese 107 que, se sabe, viene lleno de gente mojada y con cara de culo. En fin, cosas por el estilo. ¿Y la lluvia? No es más que un chivo expiatorio. Demos gracias a la lluvia por insistir, insistir e insistir en la aparentemente estéril empresa de objetar nuestro estilo de vida cancerígeno (recordemos que la lluvia puede a uno arruinarle un cigarrillo).
Falta poco para la baldosa, y no quiero dejar de mencionar que aún así, es una lástima que siempre con la lluvia – que, reitero, no tiene la culpa – suelen perjudicarse más los que menos tienen. Bueno, no sólo con la lluvia, en realidad cuánto menos tiene uno más se jode, pero no dejo de recordar una mañana en mi cocina haberme alegrado de que estaba lloviendo, y a la señora que limpia diciéndome que ella prefería que no lloviera, porque se le inundaba la casa. Y todo eso es verdad, pero sigue sin ser culpa de la pobre lluvia. Por eso yo decidí que puede gustarme la lluvia en tanto me disguste la pobreza.
Dos tipos de persona pueden disfrutar de la lluvia: los románticos y los resentidos. Y, seguro ustedes pensarán que yo soy un romántico, de hecho yo también lo pensaba, pero fíjense que no puedo evitar sonreír maliciosamente cuando, finalmente, paso por al lado de esa baldosa floja y veo a este muchacho bronceado que hablaba a los gritos con su I-phone, mancharse con un disparo repentino de agua y barro su pantalón de vestir.
La baldosa se acerca, pero yo naturalmente aún no lo sé. Pienso entonces en el fastidio generalizado que provoca la lluvia, cómo todos prefieren siempre los días de sol. Contrariamente a la mayoría, a mí me agrada la lluvia, lo cual es como pertenecer a una minoría bastante feliz, porque nunca se persiguió a nadie - al menos que yo sepa - por dedicarle una sonrisa al cielo nublado que ensucia la ventana un miércoles por la mañana, cuando uno se acaba de despertar.
Es cierto que es incómodo salir con lluvia. Por eso todos dicen siempre algo así como “llueve, qué lindo día para hacer cucharita y mirar televisión”. Pero lo que incomoda no es la lluvia, sino la ciudad: las calles que se inundan, las paradas de colectivo sin techito, los techitos insuficientemente extensos que dejan expuestos a muchos de los que esperan ese 107 que, se sabe, viene lleno de gente mojada y con cara de culo. En fin, cosas por el estilo. ¿Y la lluvia? No es más que un chivo expiatorio. Demos gracias a la lluvia por insistir, insistir e insistir en la aparentemente estéril empresa de objetar nuestro estilo de vida cancerígeno (recordemos que la lluvia puede a uno arruinarle un cigarrillo).
Falta poco para la baldosa, y no quiero dejar de mencionar que aún así, es una lástima que siempre con la lluvia – que, reitero, no tiene la culpa – suelen perjudicarse más los que menos tienen. Bueno, no sólo con la lluvia, en realidad cuánto menos tiene uno más se jode, pero no dejo de recordar una mañana en mi cocina haberme alegrado de que estaba lloviendo, y a la señora que limpia diciéndome que ella prefería que no lloviera, porque se le inundaba la casa. Y todo eso es verdad, pero sigue sin ser culpa de la pobre lluvia. Por eso yo decidí que puede gustarme la lluvia en tanto me disguste la pobreza.
Dos tipos de persona pueden disfrutar de la lluvia: los románticos y los resentidos. Y, seguro ustedes pensarán que yo soy un romántico, de hecho yo también lo pensaba, pero fíjense que no puedo evitar sonreír maliciosamente cuando, finalmente, paso por al lado de esa baldosa floja y veo a este muchacho bronceado que hablaba a los gritos con su I-phone, mancharse con un disparo repentino de agua y barro su pantalón de vestir.

