Mostrando entradas con la etiqueta Comunicación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Comunicación. Mostrar todas las entradas

15-abr-2008

Rectificación del post anterior.

Pensaba borrarlo, pero hubiese sido un acto de cobardía imperdonable. Lo dicho dicho está, aún así quiero retractarme de lo que dije en el blog anterior, con referencia al chiste de Perón que hicieron los Simpsons.

Mi interpretación fue muy subjetiva. Quizás valiese si el chiste se hubiese hecho en un programa local, pero viniendo de otro país (sobre todo de ese) no puede considerarse menos que una falta de respeto.

En fin, es vergonzoso tener que decir "me equivoqué", pero así es. El chiste está fuera de lugar. De todos modos los nuevos Simpsons apestan.

10-abr-2008

¿Monopolio? ¿Clarín? No, si la gente lo elige.

He aquí fragmentos de la discusión entre D´elia y los super periodistas Bonelli y Silvestre en A dos voces. La cosa empieza con el tema del campo, el cacerolazo y la mar en coche, debatiendo D´elia e Iglesias, de la Coalición Cívica. Llegado a un punto, como veran mis queridos lectores, D´elia decide comentar en pantalla ciertas cuestiones referidas a la cobertura que han hecho los medios sobre las problemas recientes, en particular el Grupo Clarín, al cual pertenece TN el canal que emite este programa. Es fascinante como Bonelli empieza a interrumpirlo casi al toque que D´elia empieza a cantar unas cuantas verdades sobre el Grupo Clarín y la situación de los medios. Ya lo verán en los videos.

¿Qué decir de todo esto? ¿Hay Monopolio? Sí, hay monopolio. El argumento de que esta capital es la que mas diarios tiene es algo anecdotico y poco relevante, si nos preguntamos de quién son esos diarios. Más aún si nos jactamos de lo qué pasa en Capital y no atendemos a la situación de medios en todo el país la cual es mas desastrosa aún. La vieja excusa de "la gente elige" se desentiende totalmente de que además de la "demanda" existe la oferta, en este caso la oferta de contenidos, de información, que ciertamente sale de muy pocos grupos económicos, poseedores de distintos medios (radio, tv, prensa) donde impunemente circulan los mismos periodistas una y otra vez haciendo gala de la más restricta participación mediatica. Ciertamente una vergüenza.

Es cierto, por otro lado, que la critica a los medios por parte del oficialismo se calla sus nulos intentos por cambiar la nefasta ley de radiodifusión de la dictadura militar que tanto favorece al monopolio (a pesar de que D´elia dice que hay que cambiarla en la entrevista), así como obvia también la vergonzosa extensión por 20 años de las licencias de radiodifusión que el gobierno de Nestor Kirchner le dio a los grupos multimediáticos en el 2005.

Con la incorporación de la Facultad de Ciencias Sociales al Observatorio de Medios (que existe desde hace tres años, no lo inventaron ahora), y las críticas de la presidenta a la prensa, se agita un tema aletargado por mucho tiempo. Logicamente esto a los medios no les gusta y se ponen a hablar de atentados a la libertad de prensa, como lo hace Perfil o el propio grupo Clarín.
¿Se acuerdan de cuando Chavez estatizó Radio Caracas Televisión cómo saltaban con eso de la libertad de expresión? Bueno, acá vamos otra vez.

Creer que los medios no informan según intereses económicos y políticos de sus propietarios es ingenuo. Creer que la gente elige, y los medios proveen sin bajar linea es ingenuo también. Entonces guarda con lo que van a ver, porque D´elia será un violento, será oficialista, será hasta un boludo que va a decirle a un nabo como Bonelli "ustedes son un monopolio golpista" justo en el piso de A dos voces (y encima, Clarin no se puede decir que haya sido golpista sino todo lo contrario para con este gobierno, al menos en la mayor parte de su extensión), D´elia será todo lo que quieran. Pero en esto tiene razón. Y logicamente ni Clarin ni ningún otro medio dice nada. Porque el monopolio no se hace con una sola empresa, sino con unas pocas que arreglan. ¿O qué es sino Telecom, Telefonica?

En fin, disfruten la película.





30-dic-2007

Necesidad y dependencia: reflexiones sobre la telefonía movil

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj. (Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj, por Julio Cortázar)

La reflexión que realiza Julio Cortázar sobre las invenciones técnicas y cómo engendran dependencia excede lo puramente anécdotico y circunstancial del reloj, que no es más que un brillante ejemplo. No ha sido él el único interesado en la relación que existe entre la tecnología y las necesidades del hombre. Desde la densidad de la teoría científica, tantos otros autores han intentado dar cuenta de cómo la técnica se inserta en la sociedad y qué modificaciones ejerce.
El sentido común reinante nos habla muy asiduamente de la técnica como aquello que libera al hombre de las acciones complejas que lo acercan hacia la satisfacción de necesidades. En otras palabras, para el sentido común la tecnología nos facilita la vida. Esta idea es promulgada inicial y mayormente por la publicidad. No hace falta más que contemplar los slogans de los productos tecnológicos para encontrar en ellos el tema recurrente de la practicidad, el uso fácil, la expansión de las potencialidades del hombre, etc.

El reloj, adminículo al cual alude Cortázar en su texto, es un elemento fundamental para la racionalización y la consecuente coordinación de acciones entre las personas. Sin su aporte no podría existir la sociedad como la conocemos ni su sistema económico fundante. Permite este aparato, como creo que lo hace toda invención técnica, la previsibilidad y el control. Basándose en la convención social del tiempo, el reloj funciona como un medidor que nos indica en qué momento del día nos encontramos y nos permite así la simultaneidad de acción con ese sinfín de individuos que conforman el entramado social. Así todos entramos a trabajar a determinado momento del día, desarrollamos nuestra actividad en un lapso dado y hasta podemos encontrarnos a las once de la noche a tomar unas copas. Todo eso que permite la reciprocidad de acciones y la puesta en común necesaria para el funcionamiento de cualquier sociedad, engendra sin embargo nuevas necesidades. Cortázar las enuncia al pasar sin demasiado análisis porque no es su texto un texto explicativo que condense argumentos lógicos en pos de convencer a un lector de una teoría dada, sino que busca abordar lo afectivo, la experiencia del lector con el adminículo mencionado para establecer una complicidad de sentido.

"...te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca (...) la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; (...) la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico (...) el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa (...) su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, (...) la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj."

Vemos en el texto de Cortázar cómo es generada la dependencia en relación con el reloj. Efectivamente, no sólo nos ata más fuertemente a la convención del tiempo y a la subordinación obsesiva al mismo, sino que también acarrea cuestiones referidas al mercado (como la marca, el modelo y la comparación con otros aparatos) o al simple miedo de dejar de poseerlo, ya sea por pérdida o por hurto, a dejar de tener eso que es tuyo pero no es tu cuerpo. Lo que, según el sentido común, no hace más que superponerse a la vida normal de las personas para reducir el gasto de energía y simplificar tareas, impone en la realidad nuevas prácticas, nuevas necesidades y nuevas dependencias. No se reduce el gasto de energía sino que se traslada la misma cantidad hacia nuevas preocupaciones.


Decíamos anteriormente que la reflexión en torno al reloj podría bien extenderse a cualquier invención técnica. No obstante me interesa la comparación con una en particular, muy popular en estos días: el teléfono celular. ¿Cuánto ha cambiado el uso de teléfonos celulares con su evolución técnica y la expansión del mercado? Un teléfono movil, en un principio no parecía tener otra función más que permitir una comunicación portatil, no restricta a la ubicación de un aparato telefónico fijo, lo cual deviene lógicamente en un mayor acceso al contacto. Previsibilidad, por supuesto. El teléfono celular se adecúa y florece en el mundo laboral, más específicamente en el empresario, porque permite a los negociantes contactarse fácil y directamente en el transcurso de sus días atareados en los cuales se mueven de aquí para allá.

Con el avance de la técnica el celular se desprende de la actividad laboral. Nuevos modelos aparecen. Más pequeños y prácticos, más estéticos pero por sobre todo más económicos. Al estar dentro de las capacidades adquisitivas de las mayorías el teléfono celular comienza a comercializarse a gran escala apelando a los intereses del ciudadano común al margen de su práctica profesional. Una primera buena excusa para la posesión de estos teléfonos, con la cual se inician los usuarios desde la más tierna juventud, es la sensación de inseguridad. Para muchos padres, ante el miedo constante que ronda en la vía pública, es más seguro saber que pueden contactar a sus hijos durante sus salidas y cerciorarse de que estén bien. ¿Esto supone que las empresas de telefonía celular lucran con la inseguridad? Por supuesto que sí, aunque esta aseveración dista de ser una teoría de complot ni tema central de este texto. Lo cierto es que ninguna publicidad de celulares hará hincapié en este aspecto de desagradable contemplación. Por algun motivo no muy dificilmente concebible las publicidades de telefonía celular prefieren abordar temas felices como la interacción entre las personas, el intercambio y la comunidad. Prima en toda la parafernalia publicitaria como nucleo temático la conectividad. Es necesario no confundir conexión con comunicación, conceptos que suelen mezclarse impunemente en el texto publicitario. La conexión implica un mero contacto entre los dos polos fundamentales para cualquier situación comunicacional: el emisor y el receptor. Estableciendio la equivalencia de conexión con contacto, este último no es mas que uno de los seis factores constitutivos de la comunicación según el esquema del lingüista ruso, Roman Jakobson (los otros factores son el emisor, el receptor, el mensaje, el canal y el código) Entonces, siendo el tema central la conectividad que es una condición necesaria pero no suficiente para la comunicación podemos ver cómo el discurso publicitario nos habla de lo posible, de lo potencial, presenta un espectáculo sobre la expanción de las capacidades del hombre con la intervención de la tecnología en pos de alcanzar una sociedad más amena, donde todo es más sencillo y las personas interactuan asiduamente, se relacionan y hasta son felices.

La realidad dista mucho de la hermosa utopía del mercado. Lejos de garantizar una comunidad de personas felices el teléfono celular llega para insertarse de manera similar a la descripta por Cortázar para el reloj. Esta apreciación parece condensarse en cuatro puntos: 1- El mantenimiento. En el caso del reloj consiste en darle cuerda, acción similar a la carga de batería constante que necesitan los teléfonos móviles y de la cual debemos estar pendientes. 2- La compulsión de uso. Si bien el celular posee reloj y puede aplicarse fácilmente la misma obsesión por la hora que Cortázar le atribuye, hay una antención obsesiva hacia el aparato en tanto medio de comunicación, y de entretenimiento. Basta con viajar en colectivo o en el subte o estar en cualquier aglomeración de personas para observar a un número notable de individuos con la vista pegada a la pantalla del teléfono, ya sea enviando mensajes, leyendo mensajes ya escritos, revisando la agenda, jugando a algún video juego, etc., etc., etc. 3- El miedo a la carencia. El miedo a ser desprovisto del reloj en calidad de posesión de valor se aplica también para el teléfono movil. Si consideramos también que el celular funciona como agenda, entretenimiento al parecer de carácter imprescindible y cordón umbilical de la comunicación (o mejor dicho del contacto) con nuestros familiares, amigos, y demás personas que nada tienen que ver con la masa amorfa de desconocidos que circulan la via pública, consideraremos cierto miedo a la carencia del mismo. La diferencia radica en que el reloj al que alude Cortázar parece ser de marca, caro y difícilmente reemplazable, cuando el celular es fácilmente acequible. El miedo apunta a la carencia total entonces y no a la pérdida esporádica. Muchas personas pierden su teléfono celular y lo reponen de inmediato sin experimentar ataques de pánico ni mucho menos; pero el hecho de que sea inconcebible desenvolverse sin un celular da cuenta del grado de dependencia y su consecuente precausión minuciosa de no perderlo. 4- La marca y el modelo. Hay muchas marcas de celulares, así como distintas empresas prestatarias de las líneas telefónicas. Todas generan adhesión y rechazo en los usuarios que parecen declararse siempre afines a tal o cual empresa. Si a esto sumamos los muy variados modelos de aparatos y sus funciones, veremos que hay bastantes inconsistencias y posturas en la cultura celular, todas declaraciones ficticias de identidad y elección. En el mundo de las marcas, ya se han dicho bastantes cosas sobre el usual recurso de la publicidad de presentar sus productos como símbolos de estilos de vida y pertenencia socio/cultural. El diseño de los aparatos puede suscitar simpatías y disgustos, por lo que es un factor determinante para su elección y uso. No sólo apunta a la practicidad (hacer teléfonos casa vez más pequeños es ciertamente más práctico) sino a una correspondencia estilística con el gusto del usuario.

El teléfono celular se circunscribe a la tendencia burguesa de la previsión y el control, que reduce al mínimo posibles las contingencias del azar. Implica un contacto irrestricto con las personas deseadas. Se puede estar seguro que daremos con nuestro pretendido interlocutor estando este en practicamente cualquier sitio, en cualquier momento y sin tener forzosamente que hablar con nadie más que pueda atender el teléfono. Esto explica por qué se efectuan llamados a teléfonos celulares aún a sabiendas de que la persona a contactar se encuentra en su casa. El mensaje de texto, una de las funciones más importantes del artefacto, favorece a la transmición rápida de mensajes, a bajo costo y prescindiendo de la simultaneidad requerida para la comunicación telefónica. Además al disponer de juegos y alguno de ellos de reproductores de música, son una perfecta distracción del mundo que nos rodea, usualmente empleada en escenarios tan acostumbrados como el transporte público, de modo que, insertos en un espacio público con todas las posibilidades imprevisibles que esto supone, nos sumergimos en nuestro espacio simbólico privado, lo conocido, la abstracción a través de nuestra preciada posesión.

Si volvemos al discurso publiciario notaremos pues el desfasaje entre la pretendida comunidad conectada y el mundo real donde el celular implica una conexión directa con aquellos a quienes ya conocemos y forman parte de estos espacios simbólicos privados. Lo azaroso e impredecible de lo público se subordina a la previsión racional de lo privado. El teléfono celular como instrumento para la fraternización demuestra ser una ficción del mercado, su practicidad a nivel masivo es harto sobrevalorada y su correspondencia con cualquier intento de liberación del individuo es una mentira descarada.

Finalmente para calmar los enojos de cualquier lector indignado, quiero dejar en claro que no le atribuyo al fenómeno de la telefonía movil la falta de comunicación entre las personas ni su abstención de participar en los espacios públicos con intercambios fructíferos de nuestras experiencias de vida. Simplemente quiero señalar la falsedad del discurso benévolo que nos lo ofrece (con la sola finalidad, digan lo que digan, de que lo compremos), y ante todo poner en manifiesto como se corresponde con una tendencia tradicional de nuestra cultura occidental burguesa hacia la privatización de los espacios simbólicos, de las relaciones interpersonales y de la comunicación. Lo que quiero decir es que en la supuesta era de las comunicaciones, lo que en verdad tenemos es un exceso innecesario de contacto estéril, fomentado por el más exacervado consumismo. La dependencia se consolida a través del juego en el que todos (o la mayoría) participamos sin reflexión, y pagamos por jugar. La inclusión, al fin y al cabo, es uno de los fundamentos antológicos del mercado. En el fenómeno de la telefonía celular, donde la correspondencia con necesidades legítimas es discutible, se impone el deseo no reconocido de pertenencia, de estar conectado, sin necesariamente nada qué decir.

10-dic-2007

Sobre la Comunicación Social (algunas reflexiones)


La primera vez que elegí estudiar comunicación (porque es una decisión que se debe tomar varias veces) fue a los diecisiete años, cuando quería ser publicista y vi en la carrera una simple alternativa gratuita a las costosas facultades privadas. Sin detenerme a reparar en la palabra “comunicación” y mucho menos en la palabra “ciencias”, tomé esa decisión que al cabo de unos años se vería justificada por circunstancias y motivaciones totalmente distintas.

Del lado del lugar común que pesa sobre nuestros estudios, veía a la comunicación como una suerte de sinónimo de los grandes multimedios, sin darme cuenta de lo insuficiente, y hasta a veces errada, era esta concepción. Muchas veces, el sentido común nos lleva a pensar que los fenómenos comunicacionales sólo poseen relevancia según su grado de masividad, y aunque pareciera hasta obvio para el más obtuso que la comunicación existe en todas partes, ignoramos su verdadera importancia.

¿Qué es la comunicación? Podría decirse que la comunicación es todo proceso o acto de “puesta en común” de sentido. Si bien esta definición es vaga y requiere de ciertas explicaciones mas detalladas, creo que ofrece un buen primer acercamiento. Como seres “civilizados” (con todas las ambigüedades que tal término acarrea), nos relacionamos con nuestros pares a través de intercambios discursivos. Estos no son únicamente verbales, sino que comprenden una multiplicidad de soportes. Comunicamos cuando hablamos, sí, pero también lo hacemos con nuestros gestos, nuestra forma de vestir, de actuar y de movernos. A su vez estamos recibiendo mensajes todo el tiempo, no sólo al relacionarnos con otras personas sino con nuestro propio entorno. Todo comunica, puesto que todo lo que está al alcance de nuestra percepción crea en nuestra mente conocimientos suplementarios: ver un cielo nublado no es sólo la mera visión de una aglomeración de vapor de tono grisáceo flotando a grandes distancias sobre nosotros, sino que es a su vez un indicio de que pronto puede estar por llover. Al mismo tiempo, disponemos del lenguaje para poder reconocer esa espontánea configuración de imágenes como la manifestación de una condición general (los cambios del clima y sus consecuencias) y transmitir la experiencia a otras personas que no la hayan presenciado en el mismo tiempo y lugar que uno. Al decirle a este otro “afuera esta nublado”, puedo transmitir a través de una serie de sonidos codificados mi propia experiencia a la mente de quien me escucha, que si bien no ha percibido lo mismo, desde su experiencia, posee ahora un conocimiento similar.

Esto que parece muy obvio para cualquiera, adquiere otras dimensiones cuando atendemos situaciones más complejas, como aquellas que involucran a grandes cantidades de personas, medios masivos de comunicación o acontecimientos de más dificultosa comprobación empírica. No obstante el ejemplo sirve para dar cuenta de la importancia de la comunicación en los procesos de interacción social y en la creación de espacios en común, que a grandes escalas reconocemos como dimensiones culturales. De ahí que la comunicación no sea nunca algo neutral ni meramente utilitario. Sería muy ingenuo entenderla como una simple herramienta para transmitir información. Debemos pensarla como una presencia constante que nos rodea y de la cual dependemos para relacionarnos con el mundo. Si tomamos al lenguaje por ejemplo veremos que no es un sistema de funciones que podamos subordinar a nuestros caprichos. No solamente nos relacionamos con los demás por medio del lenguaje, sino que pensamos a través de él. Es imposible pensar más allá de las palabras. De algún modo la comunicación verbal empieza y termina en la interacción con uno mismo.

Entonces, y en base a todo lo que se dijo anteriormente, podemos decir que cualquier intención o búsqueda de organización social requiere efectivamente de lo que podríamos llamar “estrategias comunicacionales”.

Podemos, para el caso, definir a una estrategia comunicacional como un planeamiento sobre qué tipos de recursos se habrá de utilizar para la puesta en común de determinadas ideas y experiencias entre personas con un objetivo en común. De ahí que reconozcamos la importancia de las estrategias comunicacionales en la política, cosa que el observador común puede evidenciar más fuertemente en los días de campaña electoral.


Comunicación Interpersonal, Masiva y Comunitaria


Existen distintos tipos de comunicación. Principalmente tenemos la comunicación interpersonal o “cara a cara” que comprende un intercambio de sentido entre personas que interactúan en un mismo tiempo y espacio de forma directa.

Una concepción simplista del asunto plantea que por oposición al primer modelo tenemos un segundo esquema que es el de la muy conocida “comunicación masiva”. Esta comprende relaciones discursivas mediadas a través de soportes técnicos que en su uso social se han dado de llamar medios masivos de comunicación. La televisión, la radio, los periódicos y el cine son ejemplos clásicos de medios masivos. En este modelo encontramos a una instancia de emisión de mensajes (las personas u entidades que se valen de estos dispositivos para emitir sus discursos) y varias instancias de recepción, dispersas en amplios territorios que pueden “leer” estos mensajes en tiempos y lugares distintos con bajas o nulas posibilidades de respuesta que garantice una bilateralidad de los polos de emisión y recepción de los mensajes.

Efectivamente esto ocurre, pero sería un error plantear que la comunicación sólo puede explicarse dentro de estos dos modelos, en cuanto a sus usos sociales. Entre tantas zonas grises que los grandes reduccionismos de esta clase han dejado sin abordar, podríamos encontrar a la comunicación comunitaria. Esta alberga ciertas similitudes con ambos modelos mencionados anteriormente. Por un lado, como la comunicación masiva, comprende formas de interacción entre amplios grupos de personas (de ahí que sea “comunitaria”) en distintos momentos y espacios de recepción. Por otro lado, debe alentar la capacidad de participación y de respuesta para que la recepción no sea necesariamente pasiva como la que generan los medios masivos, y así incentivar a una capacidad de retroalimentación mas cercana (aunque dudosamente igualable por limitaciones físicas) a la que encontramos en la comunicación interpersonal.

Podríamos decir, brevemente, que la comunicación comunitaria debe plantear espacios para la circulación de mensajes y de sentido que abarquen a un amplio sector de personas agrupada por la puesta en común de objetivos y deseos. Para ello, bien puede valerse de dispositivos de uso generalmente masivo como la radio o la televisión. Su ser comunitario radica en servir a una comunidad donde todos sus miembros puedan acceder al medio y ser participes de esta expresión de su imaginario e idiosincrasia.

Quizás este modelo sea el más adecuado para la creación de espacios desde dónde pensar lo social, compartiendo experiencias ciudadanas y reflexiones que no sólo sirvan para afianzar nuestros vínculos, sino para una consecuente formación de identidades culturales y políticas.

La insuficiencia de la comunicación masiva está muy vinculada a la democracia representativa, en la que la acción política de un ciudadano promedio parece verse reducida como por arte de magia a su sencilla participación en los sufragios. Entre este ciudadano degradado a mero votante y la “clase política” parecieran existir años luz de distancia. La política se concibe como un mundo aparte, superpuesto al mundo real del trabajo y el ocio. La única iniciativa política permitida al ciudadano común por las contingencias de nuestro sistema político (lo cual en resonancia con lo que venimos diciendo equivale a decir político/comunicacional) es elegir un candidato una vez cada tanto y expresar su adhesión a través de un sobre. Por supuesto que entre medio existe la discusión y el debate alrededor de diversos temas dispuestos por los medios masivos, pero he aquí otro problema que difícilmente podamos separar del primero. La distancia del votante con el mundo de la política parece ser exactamente igual a la del espectador con el mundo de los medios de comunicación. Por otro lado, quienes manejan los medios y aquellos que detentan cargos directivos en la política mantienen a veces vínculos mucho mas estrechos, de modo tal que las personas comunes (“la gente” como le dicen a veces) se encuentran muy lejanas a un núcleo político/comunicacional al cual no tienen acceso directo. Su capacidad de pensar lo social y de pensarse como actores políticos esta sometida a la agenda que imponen los grandes multimedios y la capacidad de discusión esta inhibida por el modo en que un centro monolítico - que es el propio medio masivo - dispone los temas a tratar, coarta la posibilidad de replica y separa a las personas (reducidas a audiencia) a través de los actos de recepción privada que la propia comunicación masiva impone (es decir, encerrados en nuestras casas en grupos reducidos de personas de escasa participación política y casi como un acto de distensión de la vida cotidiana). De esta manera el diálogo, que es un motor fundamental de la acción política, se deteriora. Dialogamos más con el medio que con las personas, pero el medio en nuestro espacio de consumo no es más que un aparato que no puede ni vernos ni escucharnos. Por tanto no dialogamos con nadie y consecuentemente nos despolitizamos.

Por todo esto, creo de vital importancia la emergencia de medios comunitarios al servicio de la interacción social y de la puesta en común de nuestras experiencias, opiniones y deseos. Es fundamental para toda concreción de una verdadera democracia participativa (por oposición a la democracia representativa) el despliegue de estrategias comunicacionales tendientes a la politización de los grandes sectores sociales, tarea que solo puede realizarse a través de la accesibilidad de los flujos de información. En otras palabras, ninguna sociedad puede funcionar adecuadamente si no se comprende a la comunicación como un derecho y la correlativa obligación del Estado de garantizar las condiciones materiales para que pueda llevarse a cabo en su máxima potencia.