
La primera vez que elegí estudiar comunicación (porque es una decisión que se debe tomar varias veces) fue a los diecisiete años, cuando quería ser publicista y vi en la carrera una simple alternativa gratuita a las costosas facultades privadas. Sin detenerme a reparar en la palabra “comunicación” y mucho menos en la palabra “ciencias”, tomé esa decisión que al cabo de unos años se vería justificada por circunstancias y motivaciones totalmente distintas.
Del lado del lugar común que pesa sobre nuestros estudios, veía a la comunicación como una suerte de sinónimo de los grandes multimedios, sin darme cuenta de lo insuficiente, y hasta a veces errada, era esta concepción. Muchas veces, el sentido común nos lleva a pensar que los fenómenos comunicacionales sólo poseen relevancia según su grado de masividad, y aunque pareciera hasta obvio para el más obtuso que la comunicación existe en todas partes, ignoramos su verdadera importancia.
¿Qué es la comunicación? Podría decirse que la comunicación es todo proceso o acto de “puesta en común” de sentido. Si bien esta definición es vaga y requiere de ciertas explicaciones mas detalladas, creo que ofrece un buen primer acercamiento. Como seres “civilizados” (con todas las ambigüedades que tal término acarrea), nos relacionamos con nuestros pares a través de intercambios discursivos. Estos no son únicamente verbales, sino que comprenden una multiplicidad de soportes. Comunicamos cuando hablamos, sí, pero también lo hacemos con nuestros gestos, nuestra forma de vestir, de actuar y de movernos. A su vez estamos recibiendo mensajes todo el tiempo, no sólo al relacionarnos con otras personas sino con nuestro propio entorno. Todo comunica, puesto que todo lo que está al alcance de nuestra percepción crea en nuestra mente conocimientos suplementarios: ver un cielo nublado no es sólo la mera visión de una aglomeración de vapor de tono grisáceo flotando a grandes distancias sobre nosotros, sino que es a su vez un indicio de que pronto puede estar por llover. Al mismo tiempo, disponemos del lenguaje para poder reconocer esa espontánea configuración de imágenes como la manifestación de una condición general (los cambios del clima y sus consecuencias) y transmitir la experiencia a otras personas que no la hayan presenciado en el mismo tiempo y lugar que uno. Al decirle a este otro “afuera esta nublado”, puedo transmitir a través de una serie de sonidos codificados mi propia experiencia a la mente de quien me escucha, que si bien no ha percibido lo mismo, desde su experiencia, posee ahora un conocimiento similar.
Esto que parece muy obvio para cualquiera, adquiere otras dimensiones cuando atendemos situaciones más complejas, como aquellas que involucran a grandes cantidades de personas, medios masivos de comunicación o acontecimientos de más dificultosa comprobación empírica. No obstante el ejemplo sirve para dar cuenta de la importancia de la comunicación en los procesos de interacción social y en la creación de espacios en común, que a grandes escalas reconocemos como dimensiones culturales. De ahí que la comunicación no sea nunca algo neutral ni meramente utilitario. Sería muy ingenuo entenderla como una simple herramienta para transmitir información. Debemos pensarla como una presencia constante que nos rodea y de la cual dependemos para relacionarnos con el mundo. Si tomamos al lenguaje por ejemplo veremos que no es un sistema de funciones que podamos subordinar a nuestros caprichos. No solamente nos relacionamos con los demás por medio del lenguaje, sino que pensamos a través de él. Es imposible pensar más allá de las palabras. De algún modo la comunicación verbal empieza y termina en la interacción con uno mismo.
Entonces, y en base a todo lo que se dijo anteriormente, podemos decir que cualquier intención o búsqueda de organización social requiere efectivamente de lo que podríamos llamar “estrategias comunicacionales”.
Podemos, para el caso, definir a una estrategia comunicacional como un planeamiento sobre qué tipos de recursos se habrá de utilizar para la puesta en común de determinadas ideas y experiencias entre personas con un objetivo en común. De ahí que reconozcamos la importancia de las estrategias comunicacionales en la política, cosa que el observador común puede evidenciar más fuertemente en los días de campaña electoral.
Comunicación Interpersonal, Masiva y Comunitaria
Existen distintos tipos de comunicación. Principalmente tenemos la comunicación interpersonal o “cara a cara” que comprende un intercambio de sentido entre personas que interactúan en un mismo tiempo y espacio de forma directa.
Una concepción simplista del asunto plantea que por oposición al primer modelo tenemos un segundo esquema que es el de la muy conocida “comunicación masiva”. Esta comprende relaciones discursivas mediadas a través de soportes técnicos que en su uso social se han dado de llamar medios masivos de comunicación. La televisión, la radio, los periódicos y el cine son ejemplos clásicos de medios masivos. En este modelo encontramos a una instancia de emisión de mensajes (las personas u entidades que se valen de estos dispositivos para emitir sus discursos) y varias instancias de recepción, dispersas en amplios territorios que pueden “leer” estos mensajes en tiempos y lugares distintos con bajas o nulas posibilidades de respuesta que garantice una bilateralidad de los polos de emisión y recepción de los mensajes.
Efectivamente esto ocurre, pero sería un error plantear que la comunicación sólo puede explicarse dentro de estos dos modelos, en cuanto a sus usos sociales. Entre tantas zonas grises que los grandes reduccionismos de esta clase han dejado sin abordar, podríamos encontrar a la comunicación comunitaria. Esta alberga ciertas similitudes con ambos modelos mencionados anteriormente. Por un lado, como la comunicación masiva, comprende formas de interacción entre amplios grupos de personas (de ahí que sea “comunitaria”) en distintos momentos y espacios de recepción. Por otro lado, debe alentar la capacidad de participación y de respuesta para que la recepción no sea necesariamente pasiva como la que generan los medios masivos, y así incentivar a una capacidad de retroalimentación mas cercana (aunque dudosamente igualable por limitaciones físicas) a la que encontramos en la comunicación interpersonal.
Podríamos decir, brevemente, que la comunicación comunitaria debe plantear espacios para la circulación de mensajes y de sentido que abarquen a un amplio sector de personas agrupada por la puesta en común de objetivos y deseos. Para ello, bien puede valerse de dispositivos de uso generalmente masivo como la radio o la televisión. Su ser comunitario radica en servir a una comunidad donde todos sus miembros puedan acceder al medio y ser participes de esta expresión de su imaginario e idiosincrasia.
Quizás este modelo sea el más adecuado para la creación de espacios desde dónde pensar lo social, compartiendo experiencias ciudadanas y reflexiones que no sólo sirvan para afianzar nuestros vínculos, sino para una consecuente formación de identidades culturales y políticas.
La insuficiencia de la comunicación masiva está muy vinculada a la democracia representativa, en la que la acción política de un ciudadano promedio parece verse reducida como por arte de magia a su sencilla participación en los sufragios. Entre este ciudadano degradado a mero votante y la “clase política” parecieran existir años luz de distancia. La política se concibe como un mundo aparte, superpuesto al mundo real del trabajo y el ocio. La única iniciativa política permitida al ciudadano común por las contingencias de nuestro sistema político (lo cual en resonancia con lo que venimos diciendo equivale a decir político/comunicacional) es elegir un candidato una vez cada tanto y expresar su adhesión a través de un sobre. Por supuesto que entre medio existe la discusión y el debate alrededor de diversos temas dispuestos por los medios masivos, pero he aquí otro problema que difícilmente podamos separar del primero. La distancia del votante con el mundo de la política parece ser exactamente igual a la del espectador con el mundo de los medios de comunicación. Por otro lado, quienes manejan los medios y aquellos que detentan cargos directivos en la política mantienen a veces vínculos mucho mas estrechos, de modo tal que las personas comunes (“la gente” como le dicen a veces) se encuentran muy lejanas a un núcleo político/comunicacional al cual no tienen acceso directo. Su capacidad de pensar lo social y de pensarse como actores políticos esta sometida a la agenda que imponen los grandes multimedios y la capacidad de discusión esta inhibida por el modo en que un centro monolítico - que es el propio medio masivo - dispone los temas a tratar, coarta la posibilidad de replica y separa a las personas (reducidas a audiencia) a través de los actos de recepción privada que la propia comunicación masiva impone (es decir, encerrados en nuestras casas en grupos reducidos de personas de escasa participación política y casi como un acto de distensión de la vida cotidiana). De esta manera el diálogo, que es un motor fundamental de la acción política, se deteriora. Dialogamos más con el medio que con las personas, pero el medio en nuestro espacio de consumo no es más que un aparato que no puede ni vernos ni escucharnos. Por tanto no dialogamos con nadie y consecuentemente nos despolitizamos.
Por todo esto, creo de vital importancia la emergencia de medios comunitarios al servicio de la interacción social y de la puesta en común de nuestras experiencias, opiniones y deseos. Es fundamental para toda concreción de una verdadera democracia participativa (por oposición a la democracia representativa) el despliegue de estrategias comunicacionales tendientes a la politización de los grandes sectores sociales, tarea que solo puede realizarse a través de la accesibilidad de los flujos de información. En otras palabras, ninguna sociedad puede funcionar adecuadamente si no se comprende a la comunicación como un derecho y la correlativa obligación del Estado de garantizar las condiciones materiales para que pueda llevarse a cabo en su máxima potencia.