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22-may-2008

La unica verdad es la realidad: ¡Amemos a los famosos!

El mundo de la televisión es fascinante. Basta con ver el radical cambio de comportamiento de las personas que transitan la vía pública cuando una cámara se hace presente. La cámara y la pantalla parecen ser los dos extremos de un tunel que nos conduce hacia ese mundo maravilloso que es el de las celebridades. Ese mundo antes sugerente y seductor por su misticismo, hoy se nos presenta cargado de histeria y de exhibicionismo obsceno.

La emergencia y el éxito de los reality shows, de algún modo lo demuestran, paradojicamente, a la vez que tratan de encubrirlo. Se intenta perfilar una televisión en contacto con su entorno, con lo real y las personas "comunes y corrientes". Estas personas aparecen en la pantalla como emblemas de la cotidianeidad y lo ordinario, aquello que no está formateado por los cánones del mercado o las proezas narrativas de algún guionista; estas personas son como nosotros.

En cada temporada de Gran Hermano tenemos ejemplos claros de ello. Sin embargo estas personas "comunes" poco a poco comienzan a volverse celebridades, no sólo por su obvia masividad y por su practicamente inmediata adaptación al mundo de los programas de chimentos y las tapas de las revistas de paparazzi. Es en la propia pantalla donde emerge el famoso. Es la pantalla el lugar privilegiado por nuesta cultura para establecer el quiebre entre los que son célebres y los que no lo son. Lo fascinante de Gran Hermano no es ver una televisión impregnada de lo cotidiano, sino a los sujetos representantes de la cotidianeidad formateados y adaptados a la televisión. La transformación del don nadie en celebridad; esto que ya se pregonaba en los primeros reality shows como Pop Stars, en los cuales el mérito de la trascendencia radicaba en alguna destreza artística medianamente estimable. Hoy el mérito pasa por ser perfectamente mundano, tener afectos y conflictos, decir lo que se piensa sobre la intimidad del otro y exhibir la propia. Hoy el sujeto común puede depositar su imaginario y deseo frustrado de trascendencia en la figura de otro don nadie, sin destrezas ni habilidades, que accede a la panacea de la difusión mediática de su propio cuerpo. Al no haber destreza, no haber talento, sólo una cosa sobresale como el factor clave de lo célebre: el ser televisivo. Es la propia televisión la que se celebra a sí misma, al fin y al cabo, cuando intenta demostrarnos ese vínculo con lo real. Es en ella donde nace el sujeto célebre, despojado del mérito y bendecido con el preciado obsequio de la trascendencia que confiere el sólo hecho de salir en televisión. Con esto claramente se refuerza el misticismo del famoso hacia una deformación grotesca.

Showmatch y su exitoso Bailando por un Sueño no escapan a esta lógica, a pesar de que en él se perfilen ya figuras consolidadas del mundo del espectáculo. ¿Qué es Bailando por un Sueño? Famosos bailando, diríamos como una primera aproximación. Vedettes, gatos, Nina Peloso, etc. Bailando por un Sueño reune a figuras de conocimiento público de algún modo afines a las expectativas y hábitos de consumo de la clase media/baja, y los pone a incursionar en la danza de diversos estilos (estilos musicales también de reconocimiento común a las clase media/baja, que es el target del programa) Famosos que no se destacan por el baile precisamente, sino que provienen de otras esferas ya sea del mundo de la política o del espectáculo, aprenden a bailar con la ayuda de los coachs y los soñadores, y demuestran sus avances en la pista al ritmo de una orquesta espectacular que de algún modo incomprensible suena a música sampleada. El jurado que califica las performances está a su vez conformado por famosos (hoy Gerardo Sofovich, Moria Casan, Jorge Lafauci y Carmen Barbieri) vinculados también a programas, películas y obras teatrales de consumo masivo. Famosos de dudosa autoridad en la materia artística que dice fomentar el programa a través de su pretendida solemnidad (la cual no puede ser otra cosa que puro Kitsch), evalúan a otros famosos en su ejecución diaria ante la mirada de un público que enarbola carteles en apoyo a tal o cual participante, y el equipo de colaboradores de Tinelli cuya inacción remunerada es más vergonzosa que la de la orquesta muda del programa (al menos la orquesta funciona como escenografía)

El mundo de las celebridades se festeja constantemente y muestra su caracter endocéntrico en ese gesto particular que es la autoevaluación: ¿quién mejor para evaluar a un famoso que otro famoso? Nada de bailarines consagrados de reconocimiento internacional, no. En vez de eso Carmen Barbieri, la gorda que hasta hace unos meses nos hartaba en el loop de la televisión del subte con sus propagandas de Telekino que provocan vergüenza ajena.
Y, oh casualidad, una de las participantes del mal llamado certamen en su edición actual es nada menos que Marianela Mirra, la ganadora de Gran Hermano 4, ya definitivamente personaje célebre totalmente inserto en ese mundo vedado a los simples mortales, que es el mundo del espectáculo, al cual debemos idolatrar y estar muy atentos.
Con todo este paisaje, la poca relevancia del sueño a cumplir (vocación solidaria de los concursantes, preocupados por las escuelas que se caen a pedazos en el interior y los chicos muertos de hambre) queda más que clara. Es más, diríamos que ya no es importante ni siquiera el baile, considerando que es más el tiempo que se dedica al chimento, al conflicto entre celebridades y a la exhibición de la vida privada, elementos que bien ha sabido explotar Tinelli (que es, a estas alturas, un genio del mal) y meter de encubierno en el horario central. La genialidad de Bailando por un Sueño es precisamente meter el chimento y el paparazzi en un programa de horario central, de una masividad increible, que a su vez impone y nuclea los temas a tratar por la gran mayoría de los programas de televisión autorreferencial.
Así Showmatch es, sin duda alguna, el núcleo de la panacea del espectáculo, de los falsos ídolos, del misticismo berreta de la televisión y, por sobre todo, del mal gusto.
Con todo esto, creo yo, queda muy en segundo plano la crítica común que se le hace al programa, de que se trata sólo de puro culos y tetas. Hay mucho más en Bailando por un Sueño que machismo y degradación de la mujer a mero objeto de entretención esporádica.

27-feb-2008

Nicknames

Nos conectamos y los vemos. A algunos ya estamos acostumbrados porque han permanecido varios días (sino es que semanas, sino es que meses) igual; pero otros nos resultan extraños. ¿Quién era este? Vemos su mail y ahí dos posibles respuestas: 1- Ah, era fulano. 2- ¿Quién es este? Acto seguido (si es que no ha florecido en nosotros el desinterés total por las muchas personas inútilmente presentes en nuestra lista de contactos) mensaje que dice "Hola, ¿vos quién sos?" De ahí en más un universo de posibilidades: compañeros de materias que cursamos hace años, amigos de nuestras ex-parejas, posibles bajistas para las bandas que nunca formamos, interminable etc.

Hay varios tipos de nicknames:

- Los comunes y menos divertidos que se tratan simplemente del nombre de pila del usuario o de su apócope o apodo. Algunos vienen con emoticones, colores, mayúsculas mal puestas y todo un desfile de pavadas para darle cierto exotismo que no tienen.

- Los cursis que hacen referencia a lo mucho que la persona en cuestión adora a su pareja de turno. Si usted sale con una persona que eventualmente demuestra tendencias a ponerse nicks cursis que lo involucren, déjela. No se perderá de nada.

- Los musicales. Estos son típicos: letra de la canción que me gusta. Otro se conecta, lo mira y dice "le gusta Arjona, qué imbécil", pero uno chocho porque esa letra captura toda su esencia, y mediante ella no sólo le dice al mundo qué músicos escucha sino que desmuestra su amplia sensibilidad lírica.

- Los futboleros. Corriste puto.

- Los de frases super cultas que son como los musicales sólo que en vez de citar a Sabina citan a Nietzsche, a Marx o a cualquier autor que se mató escribiendo libros sobre temas muy complejos para que uno resuma su pensamiento en frases estériles que se repiten como los refranes de las viejas o el estribillo del tema del verano.

Y habrá, seguramente, un sinfín más de tipologías de nicknames. Todos dicen lo mismo: yo soy, yo hago, yo quiero, yo amo, yo odio, yo, yo, yo, yo, yo.

Rematamos con una foto de nuestro cantante preferido, nuestra pareja, nuestra mascota o nosotros mismos incluso.

El MSN es puro narcisismo. Igual que este blog.

18-feb-2008

Apología del Bidet(*)

Cierto pudor me había impedido desde siempre conversar con mis allegados de cuestiones tan íntimas como aquellas que conciernen a los mas bajos instintos. El pasar de los años, la experiencia y el psicoanálisis lograron solventar esta rigidez, permitiéndome compartir a través del ameno rito del habla vivencias de orden más privado. Así un buen día, platicando con dos fulanos de tal dimos con un tema que siempre me interesó pero que nunca me animé a abordar: el uso del bidet. Resulta que ambos individuos me miraron sumamente extrañados por el hecho de ser usuario incondicional del objeto en cuestión. Parecían no comprender qué circunstancias en mi vida, que desvío mental o contingencia azarosa de mi crianza me llevaron a usar eso que parece un inodoro pero no lo es. Yo por supuesto, también me encontraba sorprendido por la situación opuesta. Admito que lo intuía, pero ese día confirmé una terrible realidad: hay gente que no usa el bidet.
De ahí en más he ahondado en el asunto con más conocidos. He llegado a escuchar de parte de algunos cosas como "el bidet sirve para apoyar la revista Viva", frase ciertamente cómica pero que encubre humorísticamente hábitos que escapan a mi comprensión.
Vayamos a lo básico: el papel higiénico no limpia, sino que remueve. Cuando uno termina de cagar, lógicamente se pasa algunas buenas cantidades de papel higiénico por las inmediaciones del ano en pos de expulsar de la piel cualquier resavio de caca. Y esta tarea la efectúa satisfactoriamente, por supuesto, pero con las limitaciones higiénicas propias de un objeto que sirve sólo para remover. Eso quiere decir que incluso cuando uno mira en el último bollo de papel que ya no queda nada marrón, aún así hay suciedad allá abajo. Hay veces en las cuales ni siquiera se logra extraer toda la sutancia indeseada ni sobreexigiendo al papel que al fin y al cabo no es milagroso.

Entonces el papel higiénico nos revela su insuficiencia higiénica y su caracter exclusivo de removedor de mierda. Si a esto le sumamos que algunos papeles higiénicos pueden raspar mucho obtenemos el siguiente cuadro: un pelotudo raspandose el orto con papel a más no poder y que, para colmo, no termina totalmente limpio. Seguramente el culo de este pobre diablo seguirá oliendo mal, y no estará para nada propicio a una jornada agradable de intimidad con la persona objeto de su deseo, ni mucho menos para el buen intercambio de "besos negros" (cosa con la que yo no simpatizo por ser un nazi de la higiene, pero que mucha gente disfruta)


Lo sé, soy un obsesivo. No puedo evitarlo. Sé que están por allí, sueltos. En la comunidad de gente que no usa el bidet, que ni siquiera piensa en la remota posibilidad de relegar la limpieza de sus anos a la siempre efectiva combinación chorro de agua-jabón, en ese conglomerado de personas hay mujeres (el lector puede reemplazar el término por aquel que concuerde con el de su género sexual predilecto). Alguna de ellas podría ser muy atractiva y embobarnos con su cautivadora belleza; extasiarnos hasta la locura con el caer de cada una de sus prendas en el suelo; idiotizarnos en la espera aparentemente dulce de lo que bien podría ser un culo sucio. Un culo cuya mierda haya sido solo removida, más jamás limpiada. Nunca VERDADERAMENTE limpiada.

Es sencillo, amigos. Terminen de escretar, pásense las cantidades de papel higíenico necesarias para remover cuanta mierda puedan, y luego, por favor esto es importante, apoyen el culo un rato en el bidet. La sensación de tener el culo limpio es muy agradable. Se los prometo.

(*) El autor de este texto reconoce que sus apreciaciones rayan la locura obsesiva, pero aún así emite su opinión sin la intención de ofender a nadie en particular por sus prácticas y creencias, a pesar de estar plenamente convencido de que tiene toda la absoluta razón.

21-ene-2008

Negros


Las palabras no son inocentes, ya lo sabe usted, querido lector. Siempre renegué de la literalidad diccionaria de la cual muchos se jactan a la hora de hacerse cargo de lo que dicen. "Pero si son negros, ¿como querés que les diga?" dirá algún fulano de turno para eximirse del rótulo de racista que se anda rifando en la conversación concerniente a nuestros conciudadanos de bajos recursos. "Sí, son negros, pero vos no lo decís así inocentemente" le espetamos a nuestro interlocutor, pero ya es demasiado tarde, se ha salido con la suya.

En el otro extremo del subibaja tenemos a los racistas que se proclaman puramente metafóricos. Contrariamente al primer tipo mencionado (pero en el fondo lo mismo: racista) ellos nos asombran con proesas poéticas y metáforas maravillosas tales como "no, yo no digo negro de piel, digo negro de mente*"

Lo triste es que sea como sea se ha naturalizado la equivalencia entre el ser negro y el ser delincuente, holgazán y borracho. Para el fascista inocente medio los refugios se encuentran tanto yendo por el pasillo de la literalidad como por el de la metáfora. Cuanta inocencia la de nuestro lenguaje.


*A veces tambiés se dice "Negro de Corazón". (Nota del T.)

30-dic-2007

Necesidad y dependencia: reflexiones sobre la telefonía movil

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj. (Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj, por Julio Cortázar)

La reflexión que realiza Julio Cortázar sobre las invenciones técnicas y cómo engendran dependencia excede lo puramente anécdotico y circunstancial del reloj, que no es más que un brillante ejemplo. No ha sido él el único interesado en la relación que existe entre la tecnología y las necesidades del hombre. Desde la densidad de la teoría científica, tantos otros autores han intentado dar cuenta de cómo la técnica se inserta en la sociedad y qué modificaciones ejerce.
El sentido común reinante nos habla muy asiduamente de la técnica como aquello que libera al hombre de las acciones complejas que lo acercan hacia la satisfacción de necesidades. En otras palabras, para el sentido común la tecnología nos facilita la vida. Esta idea es promulgada inicial y mayormente por la publicidad. No hace falta más que contemplar los slogans de los productos tecnológicos para encontrar en ellos el tema recurrente de la practicidad, el uso fácil, la expansión de las potencialidades del hombre, etc.

El reloj, adminículo al cual alude Cortázar en su texto, es un elemento fundamental para la racionalización y la consecuente coordinación de acciones entre las personas. Sin su aporte no podría existir la sociedad como la conocemos ni su sistema económico fundante. Permite este aparato, como creo que lo hace toda invención técnica, la previsibilidad y el control. Basándose en la convención social del tiempo, el reloj funciona como un medidor que nos indica en qué momento del día nos encontramos y nos permite así la simultaneidad de acción con ese sinfín de individuos que conforman el entramado social. Así todos entramos a trabajar a determinado momento del día, desarrollamos nuestra actividad en un lapso dado y hasta podemos encontrarnos a las once de la noche a tomar unas copas. Todo eso que permite la reciprocidad de acciones y la puesta en común necesaria para el funcionamiento de cualquier sociedad, engendra sin embargo nuevas necesidades. Cortázar las enuncia al pasar sin demasiado análisis porque no es su texto un texto explicativo que condense argumentos lógicos en pos de convencer a un lector de una teoría dada, sino que busca abordar lo afectivo, la experiencia del lector con el adminículo mencionado para establecer una complicidad de sentido.

"...te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca (...) la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; (...) la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico (...) el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa (...) su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, (...) la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj."

Vemos en el texto de Cortázar cómo es generada la dependencia en relación con el reloj. Efectivamente, no sólo nos ata más fuertemente a la convención del tiempo y a la subordinación obsesiva al mismo, sino que también acarrea cuestiones referidas al mercado (como la marca, el modelo y la comparación con otros aparatos) o al simple miedo de dejar de poseerlo, ya sea por pérdida o por hurto, a dejar de tener eso que es tuyo pero no es tu cuerpo. Lo que, según el sentido común, no hace más que superponerse a la vida normal de las personas para reducir el gasto de energía y simplificar tareas, impone en la realidad nuevas prácticas, nuevas necesidades y nuevas dependencias. No se reduce el gasto de energía sino que se traslada la misma cantidad hacia nuevas preocupaciones.


Decíamos anteriormente que la reflexión en torno al reloj podría bien extenderse a cualquier invención técnica. No obstante me interesa la comparación con una en particular, muy popular en estos días: el teléfono celular. ¿Cuánto ha cambiado el uso de teléfonos celulares con su evolución técnica y la expansión del mercado? Un teléfono movil, en un principio no parecía tener otra función más que permitir una comunicación portatil, no restricta a la ubicación de un aparato telefónico fijo, lo cual deviene lógicamente en un mayor acceso al contacto. Previsibilidad, por supuesto. El teléfono celular se adecúa y florece en el mundo laboral, más específicamente en el empresario, porque permite a los negociantes contactarse fácil y directamente en el transcurso de sus días atareados en los cuales se mueven de aquí para allá.

Con el avance de la técnica el celular se desprende de la actividad laboral. Nuevos modelos aparecen. Más pequeños y prácticos, más estéticos pero por sobre todo más económicos. Al estar dentro de las capacidades adquisitivas de las mayorías el teléfono celular comienza a comercializarse a gran escala apelando a los intereses del ciudadano común al margen de su práctica profesional. Una primera buena excusa para la posesión de estos teléfonos, con la cual se inician los usuarios desde la más tierna juventud, es la sensación de inseguridad. Para muchos padres, ante el miedo constante que ronda en la vía pública, es más seguro saber que pueden contactar a sus hijos durante sus salidas y cerciorarse de que estén bien. ¿Esto supone que las empresas de telefonía celular lucran con la inseguridad? Por supuesto que sí, aunque esta aseveración dista de ser una teoría de complot ni tema central de este texto. Lo cierto es que ninguna publicidad de celulares hará hincapié en este aspecto de desagradable contemplación. Por algun motivo no muy dificilmente concebible las publicidades de telefonía celular prefieren abordar temas felices como la interacción entre las personas, el intercambio y la comunidad. Prima en toda la parafernalia publicitaria como nucleo temático la conectividad. Es necesario no confundir conexión con comunicación, conceptos que suelen mezclarse impunemente en el texto publicitario. La conexión implica un mero contacto entre los dos polos fundamentales para cualquier situación comunicacional: el emisor y el receptor. Estableciendio la equivalencia de conexión con contacto, este último no es mas que uno de los seis factores constitutivos de la comunicación según el esquema del lingüista ruso, Roman Jakobson (los otros factores son el emisor, el receptor, el mensaje, el canal y el código) Entonces, siendo el tema central la conectividad que es una condición necesaria pero no suficiente para la comunicación podemos ver cómo el discurso publicitario nos habla de lo posible, de lo potencial, presenta un espectáculo sobre la expanción de las capacidades del hombre con la intervención de la tecnología en pos de alcanzar una sociedad más amena, donde todo es más sencillo y las personas interactuan asiduamente, se relacionan y hasta son felices.

La realidad dista mucho de la hermosa utopía del mercado. Lejos de garantizar una comunidad de personas felices el teléfono celular llega para insertarse de manera similar a la descripta por Cortázar para el reloj. Esta apreciación parece condensarse en cuatro puntos: 1- El mantenimiento. En el caso del reloj consiste en darle cuerda, acción similar a la carga de batería constante que necesitan los teléfonos móviles y de la cual debemos estar pendientes. 2- La compulsión de uso. Si bien el celular posee reloj y puede aplicarse fácilmente la misma obsesión por la hora que Cortázar le atribuye, hay una antención obsesiva hacia el aparato en tanto medio de comunicación, y de entretenimiento. Basta con viajar en colectivo o en el subte o estar en cualquier aglomeración de personas para observar a un número notable de individuos con la vista pegada a la pantalla del teléfono, ya sea enviando mensajes, leyendo mensajes ya escritos, revisando la agenda, jugando a algún video juego, etc., etc., etc. 3- El miedo a la carencia. El miedo a ser desprovisto del reloj en calidad de posesión de valor se aplica también para el teléfono movil. Si consideramos también que el celular funciona como agenda, entretenimiento al parecer de carácter imprescindible y cordón umbilical de la comunicación (o mejor dicho del contacto) con nuestros familiares, amigos, y demás personas que nada tienen que ver con la masa amorfa de desconocidos que circulan la via pública, consideraremos cierto miedo a la carencia del mismo. La diferencia radica en que el reloj al que alude Cortázar parece ser de marca, caro y difícilmente reemplazable, cuando el celular es fácilmente acequible. El miedo apunta a la carencia total entonces y no a la pérdida esporádica. Muchas personas pierden su teléfono celular y lo reponen de inmediato sin experimentar ataques de pánico ni mucho menos; pero el hecho de que sea inconcebible desenvolverse sin un celular da cuenta del grado de dependencia y su consecuente precausión minuciosa de no perderlo. 4- La marca y el modelo. Hay muchas marcas de celulares, así como distintas empresas prestatarias de las líneas telefónicas. Todas generan adhesión y rechazo en los usuarios que parecen declararse siempre afines a tal o cual empresa. Si a esto sumamos los muy variados modelos de aparatos y sus funciones, veremos que hay bastantes inconsistencias y posturas en la cultura celular, todas declaraciones ficticias de identidad y elección. En el mundo de las marcas, ya se han dicho bastantes cosas sobre el usual recurso de la publicidad de presentar sus productos como símbolos de estilos de vida y pertenencia socio/cultural. El diseño de los aparatos puede suscitar simpatías y disgustos, por lo que es un factor determinante para su elección y uso. No sólo apunta a la practicidad (hacer teléfonos casa vez más pequeños es ciertamente más práctico) sino a una correspondencia estilística con el gusto del usuario.

El teléfono celular se circunscribe a la tendencia burguesa de la previsión y el control, que reduce al mínimo posibles las contingencias del azar. Implica un contacto irrestricto con las personas deseadas. Se puede estar seguro que daremos con nuestro pretendido interlocutor estando este en practicamente cualquier sitio, en cualquier momento y sin tener forzosamente que hablar con nadie más que pueda atender el teléfono. Esto explica por qué se efectuan llamados a teléfonos celulares aún a sabiendas de que la persona a contactar se encuentra en su casa. El mensaje de texto, una de las funciones más importantes del artefacto, favorece a la transmición rápida de mensajes, a bajo costo y prescindiendo de la simultaneidad requerida para la comunicación telefónica. Además al disponer de juegos y alguno de ellos de reproductores de música, son una perfecta distracción del mundo que nos rodea, usualmente empleada en escenarios tan acostumbrados como el transporte público, de modo que, insertos en un espacio público con todas las posibilidades imprevisibles que esto supone, nos sumergimos en nuestro espacio simbólico privado, lo conocido, la abstracción a través de nuestra preciada posesión.

Si volvemos al discurso publiciario notaremos pues el desfasaje entre la pretendida comunidad conectada y el mundo real donde el celular implica una conexión directa con aquellos a quienes ya conocemos y forman parte de estos espacios simbólicos privados. Lo azaroso e impredecible de lo público se subordina a la previsión racional de lo privado. El teléfono celular como instrumento para la fraternización demuestra ser una ficción del mercado, su practicidad a nivel masivo es harto sobrevalorada y su correspondencia con cualquier intento de liberación del individuo es una mentira descarada.

Finalmente para calmar los enojos de cualquier lector indignado, quiero dejar en claro que no le atribuyo al fenómeno de la telefonía movil la falta de comunicación entre las personas ni su abstención de participar en los espacios públicos con intercambios fructíferos de nuestras experiencias de vida. Simplemente quiero señalar la falsedad del discurso benévolo que nos lo ofrece (con la sola finalidad, digan lo que digan, de que lo compremos), y ante todo poner en manifiesto como se corresponde con una tendencia tradicional de nuestra cultura occidental burguesa hacia la privatización de los espacios simbólicos, de las relaciones interpersonales y de la comunicación. Lo que quiero decir es que en la supuesta era de las comunicaciones, lo que en verdad tenemos es un exceso innecesario de contacto estéril, fomentado por el más exacervado consumismo. La dependencia se consolida a través del juego en el que todos (o la mayoría) participamos sin reflexión, y pagamos por jugar. La inclusión, al fin y al cabo, es uno de los fundamentos antológicos del mercado. En el fenómeno de la telefonía celular, donde la correspondencia con necesidades legítimas es discutible, se impone el deseo no reconocido de pertenencia, de estar conectado, sin necesariamente nada qué decir.

04-jul-2007

Sobre el narcisimo virtual y sus trabas (quién necesita a Fotolog?)

Aparentemente ahora fotolog no deja firmar a nadie que no tenga el suyo. ¡Sorpresa, sorpresa!
Quizás fue todo parte de un brillante plan. Nos dejaron enviciarnos con estos fantasticos sitios donde las personas exhiben dia a dia su buen gusto y fotogeneidad. Firmabamos elogiando los atributos de la chica en biquini, o al famoso que se dignó a salir junto a un don nadie que además de ser cholulo, tiene un flog. Ahora que no nos dejan firmar a menos que tengamos un fotolog, ¿que vamos a hacer?
A mi no me jode por dos razones: 1) yo tengo flog desde hace rato y 2) no soy de firmar otros fotologs, salvo el de ciertas personas allegadas a mí (y rara vez). Pero, en serio ¿que ganan con esto? ¿Habrá aumentado el caudal de fotologs? ¿No perturba un poco a las personas que ya tenian flog de antes y estaban día a día incrementando su codicia por más y más firmas? De ser así, bienvenido sea, porque si nos ponemos a revisar fotologs veremos exhibiciones de imbecilidad guinness.
Cuando yo cree mi fotolog (www.fotolog.com/gente_reversible) lo hice con la intención de subir dibujos míos. Salvando una que otra excepción para eso usé mi flog. Me firmaban mis amigos (los cuales en su mayoría no tienen fotologs) y algunas personas que tenían también flogs de dibujos. Creo que eso estaba bien.
He visto también blogs de diseñadores o de fotografía aficionada con cosas interesantes, o al menos respaldadas por una intención artística, si se quiere. Otros simplemente son fotos de la fiesta del sabado pasado, y de las chicas en la plaza. No que esté mal. Puede tomarse a un fotolog como una especie de album de fotos de cierto grupo de personas que documentan sus experiencias. Así pasa con un fotolog que visito seguido, www.fotolog.com/siglonuevo, donde mis ex compañeros de la primaria suben fotos nuestras de ayer y hoy.
A pesar de todo esto, hay una lógica de raiting del fotolog, expresada puramente a través de las firmas. Aquel cuyo fotolog se llenaba de firmas y colmaba su espacio para escribir a la media hora de un nuevo post (motivo de orgullo sin dudas), quizás se vea muy perjudicado por este giro autoritario del sitio en cuestión.
En fin, ya sea al narcisismo o a la documentación. A los egologs o a los albumes de amistades, la nueva medida medio que les hizo el orto a todos. Habrá que ir a hacerse un flog. Y si no tenes flog, callate, que de flogs no entendés nada.


Sobre las "Tribus Urbanas" (comes lo que eres)

Chicos de vestimenta super producida se reúnen en bares y boliches temáticos ambientados por su música preferida. Un repertorio de canciones, producto de una serie de artistas, dioses del olimpo. Allí se convive y se interactúa porque se está a salvo. El que está en la mesa de al lado es como yo. Tiene pins y mochila de la misma banda que yo y mueve su cuerpo de forma similar cuando empieza el tema que nos hace a todos suspender nuestras charlas y tragos de cerveza para ovacionar a los parlantes. Nos hemos convertido en máquinas.

Alguna vez, en algún extraño lugar del mundo, un grupo de jóvenes se habrá encontrado de pie frente al monolítico destino, gris como los edificios, sólido como la rutina misma; y negándose a seguir un sendero con forma de corbata quiso hacer de su cuerpo un discurso de disconformidad. Un discurso viviente. Un fuck you al moralismo burgués, al autoritarismo paterno, a la vida misma como los hombres la hemos construido. Y vio Dios que era bueno, y hubo hippies en los Estados Unidos, danzas desnudas, amor libre y LSD. Hubo punks, nihilismo adolescente, anarchy in the UK, tachas y camperas de cuero que reunían a Marx y a Hitler como clara expresión de la incongruencia.

Pero Dios antes de hacer a los punks y los hippies hizo al Mercado, que todo lo sabe.
El Mercado se chupo a los punks, a los hippies y a Dios. Se hicieron marca.

Hoy ser joven para muchos es ser un logotipo, aunque nadie sabe bien de qué. ¿Existe el mundo fuera de una tribu urbana? ¿Votan los darkis? ¿Les importa un carajo? Por cada mil caras pálidas, negros pelos enmarañados y labios pintados de rojo sólo hay un Robert Smith. Los demás, hechos a imagen y semejanza, corren hacia el arco iris, donde espera una olla llena de autoestima.