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30-dic-2007

Necesidad y dependencia: reflexiones sobre la telefonía movil

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj. (Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj, por Julio Cortázar)

La reflexión que realiza Julio Cortázar sobre las invenciones técnicas y cómo engendran dependencia excede lo puramente anécdotico y circunstancial del reloj, que no es más que un brillante ejemplo. No ha sido él el único interesado en la relación que existe entre la tecnología y las necesidades del hombre. Desde la densidad de la teoría científica, tantos otros autores han intentado dar cuenta de cómo la técnica se inserta en la sociedad y qué modificaciones ejerce.
El sentido común reinante nos habla muy asiduamente de la técnica como aquello que libera al hombre de las acciones complejas que lo acercan hacia la satisfacción de necesidades. En otras palabras, para el sentido común la tecnología nos facilita la vida. Esta idea es promulgada inicial y mayormente por la publicidad. No hace falta más que contemplar los slogans de los productos tecnológicos para encontrar en ellos el tema recurrente de la practicidad, el uso fácil, la expansión de las potencialidades del hombre, etc.

El reloj, adminículo al cual alude Cortázar en su texto, es un elemento fundamental para la racionalización y la consecuente coordinación de acciones entre las personas. Sin su aporte no podría existir la sociedad como la conocemos ni su sistema económico fundante. Permite este aparato, como creo que lo hace toda invención técnica, la previsibilidad y el control. Basándose en la convención social del tiempo, el reloj funciona como un medidor que nos indica en qué momento del día nos encontramos y nos permite así la simultaneidad de acción con ese sinfín de individuos que conforman el entramado social. Así todos entramos a trabajar a determinado momento del día, desarrollamos nuestra actividad en un lapso dado y hasta podemos encontrarnos a las once de la noche a tomar unas copas. Todo eso que permite la reciprocidad de acciones y la puesta en común necesaria para el funcionamiento de cualquier sociedad, engendra sin embargo nuevas necesidades. Cortázar las enuncia al pasar sin demasiado análisis porque no es su texto un texto explicativo que condense argumentos lógicos en pos de convencer a un lector de una teoría dada, sino que busca abordar lo afectivo, la experiencia del lector con el adminículo mencionado para establecer una complicidad de sentido.

"...te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca (...) la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; (...) la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico (...) el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa (...) su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, (...) la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj."

Vemos en el texto de Cortázar cómo es generada la dependencia en relación con el reloj. Efectivamente, no sólo nos ata más fuertemente a la convención del tiempo y a la subordinación obsesiva al mismo, sino que también acarrea cuestiones referidas al mercado (como la marca, el modelo y la comparación con otros aparatos) o al simple miedo de dejar de poseerlo, ya sea por pérdida o por hurto, a dejar de tener eso que es tuyo pero no es tu cuerpo. Lo que, según el sentido común, no hace más que superponerse a la vida normal de las personas para reducir el gasto de energía y simplificar tareas, impone en la realidad nuevas prácticas, nuevas necesidades y nuevas dependencias. No se reduce el gasto de energía sino que se traslada la misma cantidad hacia nuevas preocupaciones.


Decíamos anteriormente que la reflexión en torno al reloj podría bien extenderse a cualquier invención técnica. No obstante me interesa la comparación con una en particular, muy popular en estos días: el teléfono celular. ¿Cuánto ha cambiado el uso de teléfonos celulares con su evolución técnica y la expansión del mercado? Un teléfono movil, en un principio no parecía tener otra función más que permitir una comunicación portatil, no restricta a la ubicación de un aparato telefónico fijo, lo cual deviene lógicamente en un mayor acceso al contacto. Previsibilidad, por supuesto. El teléfono celular se adecúa y florece en el mundo laboral, más específicamente en el empresario, porque permite a los negociantes contactarse fácil y directamente en el transcurso de sus días atareados en los cuales se mueven de aquí para allá.

Con el avance de la técnica el celular se desprende de la actividad laboral. Nuevos modelos aparecen. Más pequeños y prácticos, más estéticos pero por sobre todo más económicos. Al estar dentro de las capacidades adquisitivas de las mayorías el teléfono celular comienza a comercializarse a gran escala apelando a los intereses del ciudadano común al margen de su práctica profesional. Una primera buena excusa para la posesión de estos teléfonos, con la cual se inician los usuarios desde la más tierna juventud, es la sensación de inseguridad. Para muchos padres, ante el miedo constante que ronda en la vía pública, es más seguro saber que pueden contactar a sus hijos durante sus salidas y cerciorarse de que estén bien. ¿Esto supone que las empresas de telefonía celular lucran con la inseguridad? Por supuesto que sí, aunque esta aseveración dista de ser una teoría de complot ni tema central de este texto. Lo cierto es que ninguna publicidad de celulares hará hincapié en este aspecto de desagradable contemplación. Por algun motivo no muy dificilmente concebible las publicidades de telefonía celular prefieren abordar temas felices como la interacción entre las personas, el intercambio y la comunidad. Prima en toda la parafernalia publicitaria como nucleo temático la conectividad. Es necesario no confundir conexión con comunicación, conceptos que suelen mezclarse impunemente en el texto publicitario. La conexión implica un mero contacto entre los dos polos fundamentales para cualquier situación comunicacional: el emisor y el receptor. Estableciendio la equivalencia de conexión con contacto, este último no es mas que uno de los seis factores constitutivos de la comunicación según el esquema del lingüista ruso, Roman Jakobson (los otros factores son el emisor, el receptor, el mensaje, el canal y el código) Entonces, siendo el tema central la conectividad que es una condición necesaria pero no suficiente para la comunicación podemos ver cómo el discurso publicitario nos habla de lo posible, de lo potencial, presenta un espectáculo sobre la expanción de las capacidades del hombre con la intervención de la tecnología en pos de alcanzar una sociedad más amena, donde todo es más sencillo y las personas interactuan asiduamente, se relacionan y hasta son felices.

La realidad dista mucho de la hermosa utopía del mercado. Lejos de garantizar una comunidad de personas felices el teléfono celular llega para insertarse de manera similar a la descripta por Cortázar para el reloj. Esta apreciación parece condensarse en cuatro puntos: 1- El mantenimiento. En el caso del reloj consiste en darle cuerda, acción similar a la carga de batería constante que necesitan los teléfonos móviles y de la cual debemos estar pendientes. 2- La compulsión de uso. Si bien el celular posee reloj y puede aplicarse fácilmente la misma obsesión por la hora que Cortázar le atribuye, hay una antención obsesiva hacia el aparato en tanto medio de comunicación, y de entretenimiento. Basta con viajar en colectivo o en el subte o estar en cualquier aglomeración de personas para observar a un número notable de individuos con la vista pegada a la pantalla del teléfono, ya sea enviando mensajes, leyendo mensajes ya escritos, revisando la agenda, jugando a algún video juego, etc., etc., etc. 3- El miedo a la carencia. El miedo a ser desprovisto del reloj en calidad de posesión de valor se aplica también para el teléfono movil. Si consideramos también que el celular funciona como agenda, entretenimiento al parecer de carácter imprescindible y cordón umbilical de la comunicación (o mejor dicho del contacto) con nuestros familiares, amigos, y demás personas que nada tienen que ver con la masa amorfa de desconocidos que circulan la via pública, consideraremos cierto miedo a la carencia del mismo. La diferencia radica en que el reloj al que alude Cortázar parece ser de marca, caro y difícilmente reemplazable, cuando el celular es fácilmente acequible. El miedo apunta a la carencia total entonces y no a la pérdida esporádica. Muchas personas pierden su teléfono celular y lo reponen de inmediato sin experimentar ataques de pánico ni mucho menos; pero el hecho de que sea inconcebible desenvolverse sin un celular da cuenta del grado de dependencia y su consecuente precausión minuciosa de no perderlo. 4- La marca y el modelo. Hay muchas marcas de celulares, así como distintas empresas prestatarias de las líneas telefónicas. Todas generan adhesión y rechazo en los usuarios que parecen declararse siempre afines a tal o cual empresa. Si a esto sumamos los muy variados modelos de aparatos y sus funciones, veremos que hay bastantes inconsistencias y posturas en la cultura celular, todas declaraciones ficticias de identidad y elección. En el mundo de las marcas, ya se han dicho bastantes cosas sobre el usual recurso de la publicidad de presentar sus productos como símbolos de estilos de vida y pertenencia socio/cultural. El diseño de los aparatos puede suscitar simpatías y disgustos, por lo que es un factor determinante para su elección y uso. No sólo apunta a la practicidad (hacer teléfonos casa vez más pequeños es ciertamente más práctico) sino a una correspondencia estilística con el gusto del usuario.

El teléfono celular se circunscribe a la tendencia burguesa de la previsión y el control, que reduce al mínimo posibles las contingencias del azar. Implica un contacto irrestricto con las personas deseadas. Se puede estar seguro que daremos con nuestro pretendido interlocutor estando este en practicamente cualquier sitio, en cualquier momento y sin tener forzosamente que hablar con nadie más que pueda atender el teléfono. Esto explica por qué se efectuan llamados a teléfonos celulares aún a sabiendas de que la persona a contactar se encuentra en su casa. El mensaje de texto, una de las funciones más importantes del artefacto, favorece a la transmición rápida de mensajes, a bajo costo y prescindiendo de la simultaneidad requerida para la comunicación telefónica. Además al disponer de juegos y alguno de ellos de reproductores de música, son una perfecta distracción del mundo que nos rodea, usualmente empleada en escenarios tan acostumbrados como el transporte público, de modo que, insertos en un espacio público con todas las posibilidades imprevisibles que esto supone, nos sumergimos en nuestro espacio simbólico privado, lo conocido, la abstracción a través de nuestra preciada posesión.

Si volvemos al discurso publiciario notaremos pues el desfasaje entre la pretendida comunidad conectada y el mundo real donde el celular implica una conexión directa con aquellos a quienes ya conocemos y forman parte de estos espacios simbólicos privados. Lo azaroso e impredecible de lo público se subordina a la previsión racional de lo privado. El teléfono celular como instrumento para la fraternización demuestra ser una ficción del mercado, su practicidad a nivel masivo es harto sobrevalorada y su correspondencia con cualquier intento de liberación del individuo es una mentira descarada.

Finalmente para calmar los enojos de cualquier lector indignado, quiero dejar en claro que no le atribuyo al fenómeno de la telefonía movil la falta de comunicación entre las personas ni su abstención de participar en los espacios públicos con intercambios fructíferos de nuestras experiencias de vida. Simplemente quiero señalar la falsedad del discurso benévolo que nos lo ofrece (con la sola finalidad, digan lo que digan, de que lo compremos), y ante todo poner en manifiesto como se corresponde con una tendencia tradicional de nuestra cultura occidental burguesa hacia la privatización de los espacios simbólicos, de las relaciones interpersonales y de la comunicación. Lo que quiero decir es que en la supuesta era de las comunicaciones, lo que en verdad tenemos es un exceso innecesario de contacto estéril, fomentado por el más exacervado consumismo. La dependencia se consolida a través del juego en el que todos (o la mayoría) participamos sin reflexión, y pagamos por jugar. La inclusión, al fin y al cabo, es uno de los fundamentos antológicos del mercado. En el fenómeno de la telefonía celular, donde la correspondencia con necesidades legítimas es discutible, se impone el deseo no reconocido de pertenencia, de estar conectado, sin necesariamente nada qué decir.