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22-may-2008

La unica verdad es la realidad: ¡Amemos a los famosos!

El mundo de la televisión es fascinante. Basta con ver el radical cambio de comportamiento de las personas que transitan la vía pública cuando una cámara se hace presente. La cámara y la pantalla parecen ser los dos extremos de un tunel que nos conduce hacia ese mundo maravilloso que es el de las celebridades. Ese mundo antes sugerente y seductor por su misticismo, hoy se nos presenta cargado de histeria y de exhibicionismo obsceno.

La emergencia y el éxito de los reality shows, de algún modo lo demuestran, paradojicamente, a la vez que tratan de encubrirlo. Se intenta perfilar una televisión en contacto con su entorno, con lo real y las personas "comunes y corrientes". Estas personas aparecen en la pantalla como emblemas de la cotidianeidad y lo ordinario, aquello que no está formateado por los cánones del mercado o las proezas narrativas de algún guionista; estas personas son como nosotros.

En cada temporada de Gran Hermano tenemos ejemplos claros de ello. Sin embargo estas personas "comunes" poco a poco comienzan a volverse celebridades, no sólo por su obvia masividad y por su practicamente inmediata adaptación al mundo de los programas de chimentos y las tapas de las revistas de paparazzi. Es en la propia pantalla donde emerge el famoso. Es la pantalla el lugar privilegiado por nuesta cultura para establecer el quiebre entre los que son célebres y los que no lo son. Lo fascinante de Gran Hermano no es ver una televisión impregnada de lo cotidiano, sino a los sujetos representantes de la cotidianeidad formateados y adaptados a la televisión. La transformación del don nadie en celebridad; esto que ya se pregonaba en los primeros reality shows como Pop Stars, en los cuales el mérito de la trascendencia radicaba en alguna destreza artística medianamente estimable. Hoy el mérito pasa por ser perfectamente mundano, tener afectos y conflictos, decir lo que se piensa sobre la intimidad del otro y exhibir la propia. Hoy el sujeto común puede depositar su imaginario y deseo frustrado de trascendencia en la figura de otro don nadie, sin destrezas ni habilidades, que accede a la panacea de la difusión mediática de su propio cuerpo. Al no haber destreza, no haber talento, sólo una cosa sobresale como el factor clave de lo célebre: el ser televisivo. Es la propia televisión la que se celebra a sí misma, al fin y al cabo, cuando intenta demostrarnos ese vínculo con lo real. Es en ella donde nace el sujeto célebre, despojado del mérito y bendecido con el preciado obsequio de la trascendencia que confiere el sólo hecho de salir en televisión. Con esto claramente se refuerza el misticismo del famoso hacia una deformación grotesca.

Showmatch y su exitoso Bailando por un Sueño no escapan a esta lógica, a pesar de que en él se perfilen ya figuras consolidadas del mundo del espectáculo. ¿Qué es Bailando por un Sueño? Famosos bailando, diríamos como una primera aproximación. Vedettes, gatos, Nina Peloso, etc. Bailando por un Sueño reune a figuras de conocimiento público de algún modo afines a las expectativas y hábitos de consumo de la clase media/baja, y los pone a incursionar en la danza de diversos estilos (estilos musicales también de reconocimiento común a las clase media/baja, que es el target del programa) Famosos que no se destacan por el baile precisamente, sino que provienen de otras esferas ya sea del mundo de la política o del espectáculo, aprenden a bailar con la ayuda de los coachs y los soñadores, y demuestran sus avances en la pista al ritmo de una orquesta espectacular que de algún modo incomprensible suena a música sampleada. El jurado que califica las performances está a su vez conformado por famosos (hoy Gerardo Sofovich, Moria Casan, Jorge Lafauci y Carmen Barbieri) vinculados también a programas, películas y obras teatrales de consumo masivo. Famosos de dudosa autoridad en la materia artística que dice fomentar el programa a través de su pretendida solemnidad (la cual no puede ser otra cosa que puro Kitsch), evalúan a otros famosos en su ejecución diaria ante la mirada de un público que enarbola carteles en apoyo a tal o cual participante, y el equipo de colaboradores de Tinelli cuya inacción remunerada es más vergonzosa que la de la orquesta muda del programa (al menos la orquesta funciona como escenografía)

El mundo de las celebridades se festeja constantemente y muestra su caracter endocéntrico en ese gesto particular que es la autoevaluación: ¿quién mejor para evaluar a un famoso que otro famoso? Nada de bailarines consagrados de reconocimiento internacional, no. En vez de eso Carmen Barbieri, la gorda que hasta hace unos meses nos hartaba en el loop de la televisión del subte con sus propagandas de Telekino que provocan vergüenza ajena.
Y, oh casualidad, una de las participantes del mal llamado certamen en su edición actual es nada menos que Marianela Mirra, la ganadora de Gran Hermano 4, ya definitivamente personaje célebre totalmente inserto en ese mundo vedado a los simples mortales, que es el mundo del espectáculo, al cual debemos idolatrar y estar muy atentos.
Con todo este paisaje, la poca relevancia del sueño a cumplir (vocación solidaria de los concursantes, preocupados por las escuelas que se caen a pedazos en el interior y los chicos muertos de hambre) queda más que clara. Es más, diríamos que ya no es importante ni siquiera el baile, considerando que es más el tiempo que se dedica al chimento, al conflicto entre celebridades y a la exhibición de la vida privada, elementos que bien ha sabido explotar Tinelli (que es, a estas alturas, un genio del mal) y meter de encubierno en el horario central. La genialidad de Bailando por un Sueño es precisamente meter el chimento y el paparazzi en un programa de horario central, de una masividad increible, que a su vez impone y nuclea los temas a tratar por la gran mayoría de los programas de televisión autorreferencial.
Así Showmatch es, sin duda alguna, el núcleo de la panacea del espectáculo, de los falsos ídolos, del misticismo berreta de la televisión y, por sobre todo, del mal gusto.
Con todo esto, creo yo, queda muy en segundo plano la crítica común que se le hace al programa, de que se trata sólo de puro culos y tetas. Hay mucho más en Bailando por un Sueño que machismo y degradación de la mujer a mero objeto de entretención esporádica.

27-dic-2007

Víspera de un mal día

En algún lugar de este inmenso país, sé que un hombre debe sentirse muy satisfecho. Es lógico, ya que, luego de lidiar varios días (quizás semanas, quizás meses) con los reclamos de cierta empresa por una deuda que nunca contrajo, hoy finalmente recibió de parte de un cordial operador telefónico la respuesta que tanto anhelaba: "descuide señor, no tiene que pagar estas facturas". Justicia divina habrá pensado el sujeto harto de la insistencia injusta de una compañia embustera que pretende con malos tratos quitar de los bolsillos de ciudadanos honestos lo que no les pertenece. Quizás este hombre esté ahora mismo al teléfono, comentándole a su amigo, el abogado, que no va a hacer falta su asesoría legal. Hay gente honesta después de todo, aún en la más turbia multinacional de telecomunicaciones.
Pobre ingenuo. No sabe que mañana, aquel cordial operador lo llamará sumamente avergonzado, para informarle que no supo interpretar la información en la pantalla, que lo disculpe pero debe pagar la deuda. Y se enojará y dirá que él nunca contrató esa empresa, que no firmó nada y que el número de documento que está asentado en la base de datos, tal y como fue comprobado hoy, es erróneo. Nada de eso importa, le dirá el joven con remordimiento, pues ese servicio ha sido utilizado y deberá pagar.
Hoy un hombre se irá a dormir contento, aliviado. Un abogado descartará su intervención en el conflicto de su amigo. El joven operador se irá a dormir con esa sensación en el estómago que nos demuestra estar en la víspera de un mal día.

12-nov-2007

Sobre nosotros (y los médicos laborales)

"Yo ya los conozco a ustedes", me dice la doctora con una sonrisa de suficiencia mientras me pide que me recueste en la camilla y le explique acerca de los dolores que me impiden, supuestamente, continuar mi jornada de trabajo. Ella ya nos conoce a nosotros, pienso yo. No es nada grave, unos retocijones en la panza, nada más, aunque cuando me agarran me duele bastante. El primero me agarró en el ascensor del edificio donde está el callcenter. Mi supervisora y algunos compañeros me dejaron bien en claro que mi aspecto denotaba cierto malestar. Me senté a trabajar igual. Una llamada, mujer con la línea bloqueada, mire señora tiene facturas pendientes, su saldo es sesenta pesos con setenta centavos, vaya a rapipago e imprima su factura, gracias a usted por comunicarse con nosotros. Silencio, pausa, tranquilidad. Vuelvo a la antesala del dolor intestinal que habrá de presentarse nuevamente. Segunda y última llamada, señora canceló el servicio B pero recibe la factura igual, cuando lo tuvo muy pocos días. No, mire señora que esa factura es por su servicio A. Ahhh, servicio A, tenes razón che, bueno disculpa la molestia. No, no es nada. Retorcijon! Al cabo de unos minutos heme ahí esperando en una sala tan deprimente como las que caracterizan a los hóspitales, consultorios medicos y demás espacios del universo clínico. Una compañera ya estaba esperando de antes. Comienza el clásico intercambio de experiencias de la explotación, típico de los trabajadoes disconformes, que por disconformes, claro, fingen malestares para irse a sus casas sin mover un sólo dedo. Nosotros, que tal? La doctora que espera tras la puerta ya nos conoce.
Heme aquí en mi casa, escribiendo estas líneas, con el día justificado en una especie de acto de caridad de la susodicha profesional que por algún motivo que desconozco tiene que hacer juicios de valor sobre la veracidad de mis testimonios. Salí de ahí sintiéndome un niño. Que mal que estuve... pero, sí me duele el estómago. Sí tengo retocijones. Ella ya nos conoce a nosotros, y ahí, justo ahí cuando le pido ochenta al conductor del 67, pienso "nosotros quiénes?"

02-nov-2007

Sobre la escasez de monedas en Baires

Escena conocida: uno va al kiosco a comprar lo que sea, pela el billete de diez pesos y el kiosquero dispara la pregunta: ¿no tenés "x" centavos? A que les pasó ya. ¿Qué carajo pasa que no hay monedas? No-hay-mo-ne-das. Anoche me tomo un taxi desde Colegiales hasta mi casa y apenas subo al coche puedo apreciar toda una parafernalia de carteles tanto en castellano como en inglés advirtiéndolo, no hay monedas. El viaje salió 9,30 y a la hora de pagar ya me la vi venir. Yo, comprensivo y con ganas de irme a dormir digo "todo bien, cobrame diez que yo entiendo".
Ayer un kiosquero me regaló una cajita de fósforos porque no tenia cambio para darme y fue un "tomá, llevátela" Un copado el tipo, la cagada es que yo quería cambio así que me tuve que ir hasta otro kiosco. Todo lo contrario, el que está a dos cuadras de mi casa, ese que me queda tan cerca y tan cómodo, siempre con ese aire de mala onda se niega a venderme el atado de Phillip Morris que yo tanto quería por no tener yo diez centavos. No me gusta discutir, pero tengo entendido que por ley si no tenes cambio cobrás menos. Además, ¿que clase de precio ridículo es ese? Tres pesos con diez centavos un atado de cigarrillos. ¿No se puede cobrar simplemente tres fuckin´pesos? Quizás esto sea parte del gran complot contra los fumadores en la capital. Que les cueste más comprar sus cilindros canserígenos, no sólo aumentando los precios al nivel que son una locura sino tambien haciendo hiper-archijodida la transacción monetaria. No les basta con no dejarnos fumar en los lugares cerrados (o en el mejor de los casos encerrándonos en los sectores para fumadores de los nuevos bares que son prácticamente peceras donde tratan de que nos matemos entre todos con la intoxicación concentrada), también hay que recontra jodernos la vida para comprarnos un puto paquete. Yo quisiera ver qué dicen los economistas de esto, sobre todo los que tando defienden la teoría subjetiva del valor (ya saben, esa que dice que la primer coca cola vale mas que la segunda porque al principio tengo más sed y por tanto la deseo más) Porque fenoménicamente hablando dos pesos en monedas valen, hoy, más que un billete celestito con la cara de Bartolomé Mitre impreso en él. La moneda vale más que el billete, o mejor dicho, es más codiciada. En fin, la cosa es que yo realmente no entiendo por qué escacean tanto las monedas. ¿Son acaso los artistas a la gorra de las estaciones de subte que las tienen todas encanutadas? ¿He aquí finalmente una sociedad que ha contribuido tanto al arte callejero que ahora no tiene más opción que deambular por la ciudad en busca de preciados círculos de cobre, mirando con envidia las fundas de los instrumentos de los músicos del subte? Muy raro todo.